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Por inocentes

 3/12/2011

 En Guapi, en la costa pacifica colombiana, tiene lugar cada 28 de diciembre una extraña celebración. Hombres vestidos de mujeres y ocultos bajo grotescas máscaras salen a la calle armados con látigos para azotar a sus vecinos. Otros hombres se prestan a ser víctimas para que tenga lugar la fiesta, y desde bien temprano en la mañana hasta que el día agoniza, los unos pegan y los otros reciben, intentando éstos saltar para evitar el castigo en las piernas, corriendo los primeros a la caza de víctimas, amenazantes y orgullosos por representar el papel que ese día les toca y les privilegia. Se dice que los orígenes del rito se remontan al siglo XVII, cuando los antepasados de estos jóvenes, esclavos negros arrancados de las costas africanas para trabajar en las colonias españolas del Pacífico, subvertían por un día el orden establecido y, en vez de dejarse azotar por sus capataces, tomaban ellos los látigos para flagelar a sus iguales. Posteriormente, un proceso sincrético trasladó la fiesta al día de los inocentes, cuando los cristianos conmemoran la matanza de niños ordenada por Herodes con el fin de impedir el advenimiento del Mesías. Liberada de ambas razones, la fiesta sólo se explica ahora como una tentativa de revivir el dolor sufrido por los antepasados, una práctica voluntaria de no-olvido mediante la cual los habitantes de Guapi, en su mayoría descendientes de esclavos libertos hace mas de un siglo, quieren recordar físicamente la experiencia de la esclavitud, de la humillación, del desarraigo y del castigo. El alcohol acentúa el grotesco, descontrola a los verdugos y dificulta esquivar el látigo; la embriaguez colectiva acaba convirtiendo la fiesta en una especie de trance pesadillesco, en que se cumple tal vez la borradura de la historia.

 

Los hombres que participan en el ritual, y que cada año alternativamente golpean o son golpeados, viven en una población remota, rodeada de bosque y agua, y a la que sólo se accede por barco o avioneta. Su libertad es sólo relativa: libres del régimen esclavista que trajo hasta aquí hasta sus antepasados, pero atrapados en una bolsa de marginación, explotación y abusos por parte de quienes periódicamente aterrizan o amerizan en la región en busca de minas de oro, o en maniobras guerrilleras o paramilitares que durante las últimas décadas han provocado el dolor y la muerte a personas y a familias.

 

A este lugar remoto se desplazaron hace dos años Heidi y Rolf Abderhalden, atraídos por la singularidad de la fiesta, conmovidos por una tradición que en vez de celebrar la liberación persiste más bien en la memoria del sufrimiento y de la injusticia, y que convierte en festiva la memoria de la indignidad. Documentaron el rito y entrevistaron a vecinos. De vuelta a Bogotá, acometieron la preparación de una pieza vídeo-escénica titulada Los santos inocentes, que sería presentada en el HAU de Berlín el 22 de abril de 2010. La pieza monta el material documental filmado en Guapi en diciembre de 2009, una puesta en escena de la memoria visionaria de la fiesta a cargo de cinco actores y un músico que asisten, se enmascaran, bailan, alucinan, desordenan…, y documentos sobre un célebre asesino, Ever Veloza García, alias HH, narcotraficante y exjefe paramilitar, miembro de las ultraderechistas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), extraditado a EEUU en marzo de 2009. HH, responsable de masacres y autor material de miles de asesinatos, es efectivamente el Herodes de la región, un asesino de inocentes. Pero su decisión, como la del gobernante bíblico, no es solo fruto del desequilibrio mental, de la superstición enfermiza o de una especial maldad individual, es consecuencia y parte de una red de poder, que delega en individuos sin escrúpulos tareas de control y de limpieza de las que luego hipócritamente se escandaliza. A HH se le fue la mano, pensarían los militares que le protegieron, le toleraron y probablemente le animaron, pero HH no habría existido sin ellos y sin la orientación ideológica amparada por el gobierno, como no habrían existido los criminales contra la humanidad en Sudáfrica, en Serbia, en Irak o en Palestina. Prefirieron extraditarlo a Estados Unidos para que fuera juzgado por narcotráfico y no por los 3000 asesinatos confesados y de los que no se puede responsabilidad a un solo hombre.

 

Entre tanto, don Genaro Torres, toca la marimba. A don Genaro no le gusta esa fiesta que celebra la violencia, no le gusta el desorden provocado por el alcohol, las carreras, los golpes… El prefiere refugiarse en su casa, lejos del pueblo, al que va y viene en una pequeña barca. Don Genaro es marimbero, constructor e intérprete, le viene de familia. Y la música es su refugio, como su casa. Mapa Teatro le invitó a participar en el proyecto, y ahora recorre con los actores ciudades europeas y americanas. Asiste con paciencia al caos de la fiesta y a su rememoración escénica, escucha con resignación los informes sobre los crímenes paramilitares, deja que las palabras atraviesen su cuerpo, las acompaña con su silencio. Y espera el momento en que finalmente poder tocar y cantar su música.

 

Casi al final de la pieza, la voz de Heidi en directo replica su propia voz registrada preguntando a los enmascarados por qué también la azotaron a ella y por qué le dieron tan fuerte. Uno de ellos le responde: “por inocente”. Y efectivamente, no hay otra razón para sufrir el castigo de los armados que negarse a participar en el juego de la violencia y la humillación. Durante su reciente visita a Madrid, Neil Sammons, investigador de Amnistía Internacional en Oriente Próximo, informó sobre su tarea en Siria. Su labor consistía en recopilar testimonios y denuncias de crímenes contra la humanidad para contribuir a la campaña, impulsada por diferentes organizaciones y estados, que ha llevado a la decisión del Consejo de Seguridad de la ONU de remitir a la Corte Internacional de la Haya la denuncia al régimen sirio por crímenes contra la humanidad. Entre los numerosos testimonios de que dio cuenta, rememoró una celebración, una comida familiar a la que asistió invitado por unos amigos sirios. Describió la foto de la celebración y a continuación enumeró el nombre de las personas representadas en aquella foto imaginaria que ya nunca podrían volver a posar: algunos apresados y torturados, otros asesinados, unos cuantos desaparecidos. ¿Por qué precisamente esas personas de cuya bondad nadie sospecharía? ¿Por qué es la gente pacífica, la gente que sólo aspira al bienestar de sus vecinos la que es perseguida y sacrificada? “Por inocentes”, respondería el enmascarado de Guapi. Por no aceptar el juego del poder, del castigar y ser castigado, del humillar y ser humillado.

 

Hace cuatrocientos años, la monarquía española autorizó el comercio de esclavos africanos hacia las colonias americanas. De ese tráfico se enriquecieron traficantes sin escrúpulos, y gracias a la privación de libertad, el trabajo forzado y la muerte de miles de personas privadas de su dignidad, los privilegiados españoles y europeos disfrutaron de un alto nivel de vida y acumularon riquezas. Hoy las cicatrices de los latigazos vuelven a sangrar en los cuerpos de los descendientes de aquellas mujeres y hombres sometidos a la violencia y a la inhumanidad. ¿Por qué los tataranietos de aquellos que un día fueron liberados siguen infligiéndose un castigo que nadie por encima de ellos ha decretado? ¿Por qué añadir dolor a la pobreza? ¿Por qué los desposeídos deben ser también humillados? Ahora son los sicarios del poder los que responden, aquellos que hacen el trabajo sucio a los grandes especuladores, a los rentistas de las grandes fortunas del planeta, a quienes desde sus sillones de cuero y sus piscinas climatizadas observan el mundo desde tan alto que no reconocen otros cuerpos distintos del suyo propio, esos sicarios responden: “por inocentes”.

 

Mientras tanto, don Genaro Torres toca la marimba, y ofrece su música a quien la quiera escuchar, y sobre todo, a quienes quieran bailarla.

Mapa Teatro. Los santos inocentes. 2010