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15-O. Dramaturgia de la multitud

 16/10/2011

 La jornada comenzó con un paseo y el paseo se transformó en caminata. Al salir de casa, la duda: ¿seremos suficientes? Tres calles más allá la respuesta: sí, somos muchos. Y al cabo de unos minutos, apenas eran las seis de la tarde, las gentes se sorprendieron a sí mismas reconociendo: sí, somos multitud. Algunos llevaban papeles en alto, con denuncias a los bancos, a los políticos, a los símbolos del capitalismo totalitario. Otros portaban pancartas, en defensa de otro mundo posible, en defensa de la enseñanza pública, de la sanidad pública, de la globalización de los derechos ciudadanos, de la sostenibilidad de un sistema de bienestar igualitario. Voces individuales contra la megafonía ensordecedora del sistema, voces colectivas contra el individualismo falaz y la ambición salvaje. También había banderas de otra época, republicanas, comunistas, banderas de otros países, egipcias, chilenas, y banderas apátridas, tricolores, verdes; y esa suma de banderas era en cierto modo la anulación de lo que las banderas representan, la apuesta por una ciudadanía global, por una unión en el sentimiento y la lucha que esta vez nadie dirige y que por eso es más fuerte. Al llegar a Cibeles, desconcierto: en qué dirección caminar, hacia dónde avanzar con las pancartas. Unos se miraban a otros en espera de alguna indicación. Pero nadie dirigía a la multitud, la multitud se dirigía a sí misma. Y en algún momento, todos nos pusimos de nuevo en movimiento, cada cual a su ritmo, con idas y venidas, con cantos y manos en alto, hacia Sol.

No hay relato, sólo la constancia de una experiencia, de un tiempo compartido, de un deseo compartido. No hay relato: sólo conversación, debate, consignas coreadas, y un movimiento común, y una detención común. Detenerse para esperar el momento en que todos decidamos caminar de nuevo juntos. Y movernos para realizar lo que nuestros cuerpos piensan. Dramaturgia de la multitud: aquí ya no hay roles, sólo cuerpos que se ponen al lado de otros cuerpos, y que en ese ponerse juntos recobran la potencia de la imaginación y transforman su deseo en acción política; aquí ya no hay texto, las palabras fluyen, la escritura fluye, y se mueve con los cuerpos, que en cada momento deciden sobre su intervención y asumen singularmente la responsabilidad sobre el derecho a la acción o al silencio de los otros.

Sobre las empinadas calles de Madrid, flanqueada de edificios de apariencia sólida que representan el poder económico, el poder local y la memoria de tiempos imperiales y guerras coloniales, la multitud reivindicó la potencia de un movimiento horizontal,  que concibe las alturas como lugares de tránsito y no como destino y las posiciones como resultantes de funciones variables e intercambiables y no como signo de jerarquía. En torno a los monumentos, herencia congelada del poder de otras épocas, la multitud reivindica su número, el 99%, los que nunca serán monumentalizadas, las que no se preocupan por la memoria que de ellas quede como individuos, sino del aquí y del ahora de sus vidas, de su dignidad ciudadana, y también del porvenir de sus hijas, y del 99% de los hijos. Ese porvenir depende de nuestra acción, del movimiento de nuestros cuerpos, de nuestra voluntad de reactivar el deseo, de compartir imaginaciones, de nuestra capacidad para contraponer la frugalidad al consumo, la generosidad a la ambición: a la herencia injusta responderemos con trabajo, a la opresión religiosa, económica e ideológica con placeres compartidos, a los textos e imaginarios impuestos con nuestro gesto y nuestra palabra.

Sin grandes alardes, sin protagonismos, un cartón reciclado escrito a mano puede ser un modo de escribir de otra manera la historia. Un cuerpo que se pone junto a otros cuerpos inicia el movimiento para devolver la historia al presente, y concebir el presente como imaginación de la vida que para otras y otros será siempre e inevitablemente presente. Aquí y ahora, multiplicado por millones de cuerpos, y en un movimiento que no se puede narrar.

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