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El muro

 25/08/2011

La quinta edición del Jerusalem Show se ampliará este año con dos días de actuaciones y conversaciones en Ramallah, ciudad en la que viven además algunos de los artistas invitados a participar en el evento. Por esa razón, durante estas semanas viajo continuamente de Jerusalem a Ramallah y cada vez comparto con los ciudadanos palestinos la interrupción y la humillación impuestas por el checkpoint. Desde que los israelíes construyeron el muro, invadiendo territorio palestino, dividiendo barrios y familias, estrangulando las comunicaciones y asfixiando la economía, el checkpoint de Qalandia es la ruta seguida por todos quienes a diario viajan de Jerusalén a Ramallah y de Ramallah a Jerusalén. Atravesar el muro en dirección a Ramallah no presenta mayores dificultades. Pero el retorno a los territorios administrados por Israel recuerda a todos los viajeros que se encuentran en zona ocupada. Los palestinos tratan de llevar la interrupción con el mejor humor posible. Pero es necesaria una gran capacidad de control para no reaccionar con indignación y violencia a la humillación y las tentativas de degradación establecidas de manera sistemática.

En estas fechas, los musulmanes celebran el Ramadán, y entre las seis y media y las siete y media, cientos de personas se afanan por regresar a sus hogares para celebrar la ruptura del ayuno. Tras doce horas sin beber ni comer, los cuerpos se resienten, también el humor. Los israelíes lo saben, pero lejos de facilitar el tránsito, aumentan sus mecanismos de crispación. Es habitual que mientras las personas esperan frente al torno su turno para pasar el control de identidad o de pasaporte, los soldados dilaten la espera, hablando entre ellos, llamando por teléfono o simplemente dejando pasar el tiempo. En días como hoy, esa táctica provoca acumulaciones de hombres, mujeres y niños en los túneles de hierro, amontonamientos frente a los tornos y disputas por adelantar el turno.

Los israelíes (soldados jóvenes entrenados en el desprecio a los árabes y seguros de estar velando por la seguridad de su país) no salen de su garitas de cristal blindado, se limitan a dar voces a través de la megafonía o a bloquear el acceso hasta el restablecimiento de la calma.  Todo queda en manos de los palestinos. Hoy he sido testigo y parte de uno de esos amontonamientos, he vivido con tristeza la crispación de los ánimos, la violencia desatada entre palestinos como consecuencia de la inhumanidad del apartheid israelí, pero también he presenciado con admiración la templanza con la que un grupo reducido conseguía intervenir para calmar los ánimos, restablecer el orden e instaurar la cortesía en un contexto tan hostil a ella. A esos hombres capaces de mantener la calma y de favorecer el bienestar común en la difícil cotidianidad regida por la injusticia quiero manifestar mi respeto y mi agradecimiento.

Velar por el bienestar de los cuerpos de los individuos es tan importante como combatir las causas de la desigualdad y de la privación de derechos. La lucha no excluye la cortesía. Hace años que la población Palestina sufre la condena de verse convertida en una metáfora terrible de la desigualdad y de la negación de derechos por parte de sistemas en los que el fascismo se disfraza de democracia. A quienes hoy sufrieron la humillación, la violencia y la espera de nada les sirve la metáfora. A quienes la observan de lejos, debería aterrorizarles su existencia. Ciudadanos comunes, que ven en los otros a seres humanos como ellos, que se compadecen del sufrimiento de los cuerpos y que actúan en beneficio de todos, constituyen la condición de posibilidad de una transformación necesaria.

Entre tanto, los cazas israelíes responden con desproporción sangrienta a los ataques con cohetes de las milicias de la franja, quienes como los indignados de Qalandia recurren ciegamente a la violencia para expresar la frustración de un pueblo oprimido y aislado en una pequeña franja de tierra donde más del 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza a pocos kilómetros de la rica, cosmopolita y democrática Tel-Aviv.

Qalandia