Miscelánea

relatos, textos performativos, discursos...

Caligrafía de enero (2009)

Sobre cuerpo, tierra y memoria

 Una hilera de olivos flanquea un camino que rodea la masía y conduce hasta el carromato de madera, inutilizable en invierno, y a la nave animal donde ahora escribo. A través de uno de los ventanales se ve un vasto campo, de un verdor tan intenso que desborda la retina, y al fondo, el bosque, ¿silencioso?, no, más bien discreto, incitante en la distancia. Cualquiera de los caminos que salen de la casa se adentra por más o menos tiempo en la espesura. Es un bosque joven, vigilado por torres de alta tensión y atravesado por caminos en que las huellas de los automóviles son más visibles que las de los humanos o las de los caballos, que también hay, pero que pastan tranquilos en los prados próximos, junto a otras naves, menos animales que ésta, más prácticas.

“Más de mil kilos de olivas se recogieron en la última cosecha. Cuando el teatro nos aprieta, el trabajo en el campo es un refugio.”

También a este paraíso llega el fragor de las bombas, que rasga el cielo. A tres mil kilómetros de aquí, los tanques israelíes continúan su vergonzosa ofensiva sobre la ciudad de Gaza. Decenas de niños, como los tres que habitan esta casa, han muerto en las últimas semanas, otras tantas decenas han perdido a sus padres o hermanos, miles de ellos sobreviven aterrorizados bajo el fuego que destruye su pequeño mundo. Ese mundo es para ellos el mundo, el único que conocen, y el único que conocerán, aislados por la crueldad y el desinterés impuesto, castigados por el fanatismo y la glorificación de la muerte.

Los más pequeños probablemente no sepan que el 9 de agosto perdieron a su poeta, a Mahmud Darwish. A él también le despertaron las bombas, hace sesenta años: como un millón de palestinos, fue víctima de la “Nakba”. Le tocó huir a los bosques, cruzar la frontera, vivir el exilio, la cárcel, la defensa de una patria desposeída, la añoranza de una casa junto a la cual su padre dejó el caballo con la esperanza de un regreso próximo. A los refugiados de Gaza hoy ni siquiera les está permitido huir.

Toma mi caballo / y sacrifícalo / para que, cual guerrero tras la derrota, yo camine / sin sueños ni emociones...

La poesía, como el teatro, permite conversar con los muertos. Es un espacio de comunicación resistente a las bombas; la tecnología más poderosa del más inmoral de los ejércitos queda desconcertada frente a la fragilidad del poeta. La palabra resiste. Resiste también el cuerpo: incluso desgarrado, transfiere su potencia a otros cuerpos..[...]

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Fragmento de un texto escrito durante una residencia de creación en L'animal a l'esquena, enero de 2009.

Publicado en el libro Swimming Horses, editado Mal Pelo y Polígrafa, Barcelona, 2013, pp. 165-187.

Swimming Horses

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