Lecturas

reseñas de literatura, filosofía y ciencias sociales

Punto Omega: agotamiento y escala

 Publicado en Blog 11/02/2011

Punto Omega está protagonizada por dos hombres. El primero, en los capítulos que enmarcan la novela como prólogo y epílogo y que llevan por título “Anonimidad”, observa y trata de sumergirse en la obra de un artista. El segundo, en los cuatro capítulos centrales, es observado y acompañado por otro artista. El primer artista, Douglas Gordon, crea una instalación a partir de la película de Hitchcock, Psicosis, ralentizando su proyección para que dure 24 horas; el primer protagonista, un hombre anónimo, pasa horas y horas apoyado contra la pared, contemplándola. En los cuatro capítulos centrales, el artista es también un cineasta experimental que pretende hacer una película sobre un hombre contra una pared, pero en este caso el hombre habla y cuenta su experiencia (estos cuatro capítulos, en los que se narra la acción de varias semanas, se encuentran paradójicamente enmarcados por los otros dos fechados respectivamente el 3 y el 4 de septiembre, es decir, comprimidos a 24 horas). Los dos protagonistas, los dos hombres apoyados contra la pared, intentan descansar de su individualidad, descansar de su consciencia. El primero lo intenta acomodándose a un tiempo lento, dejándose absorber por las imágenes; el segundo, retirándose al desierto, tratando de identificarse con la permanencia del paisaje, de las piedras, abandonándose al ritmo cíclico, el sol cegador, el calor que quema su cuerpo. Del primero no sabemos nada; del segundo sabemos que es un intelectual conservador, que durante dos años estuvo encerrado en una sala del Pentágono con otros militares e intelectuales, construyendo la ficción sobre la que se sustentó la guerra de Irak y la que habría de diseñar la postguerra. Este segundo hombre ha publicado un ensayo titulado “Rendición” y ha pronunciado conferencias en Suiza sobre la “El sueño de la extinción”. En un momento de la novela reflexiona sobre el “punto omega”, ese momento en que se produce una inflexión en la evolución, cuando el movimiento de la materia hacia la consciencia es interrumpido por un deseo de la consciencia de volver a la materia.

Este pensamiento, que justifica la voluntad de anular la individualidad y perderse en el tiempo lento o perderse en el espacio vacío, está contrarrestado por otra necesidad que nunca desaparece, que es la necesidad de relación. Elster  no soporta estar solo, por eso el propio Elster acepta la compañía del joven cineasta aun no estando interesado en su proyecto, por eso su segunda exmujer envía a Jessie, la hija de ambos, a visitarle. Y el personaje anónimo imagina ya en la primera parte de la novela encontrarse con una mujer con la que hablar, una mujer a la que finalmente encuentra (en el último capítulo) y de la que consigue su teléfono. A los jóvenes les está dada la esperanza de una relación que eventualmente puede transformarse en una relación sexual o afectiva. Para los viejos, esa relación no es más un consuelo. Sin embargo, en el planteamiento de la novela, cualquier relación no deja de ser, para unos y otros, un mero aplazamiento.

Las dos tensiones, la de aniquilación y la de relación, se equilibran en la novela. En el personaje anónimo, prevalece el deseo de relación, pero en la parte final es absorbido de hecho por la película. En el discurso de Elster prevalece la voluntad de aniquilamiento, pero en su práctica se deja cuidar por el joven. El pensamiento y el afecto se entrecruzan sin que los personajes acierten del todo a distinguir que operan en diferentes escalas.

El afecto se ve reducido a una relación orgánica (el sueño del narrador con Jessie, o su relación física con Elster). La consciencia se radicaliza y se convierte en matemáticas. La estructura cristalina de la novela, el tratamiento implacable de la narración, donde la lógica se impone al tiempo, el talento (ficticio) del personaje anónimo para las multiplicaciones de varios dígitos, apuntan a una fascinación por lo matemático como medio de conocimiento y dominación de la realidad. El deseo de Elster de un retorno a la materia orgánica implica el pensamiento de un mundo sin consciencia, pero que sigue obedeciendo a las leyes de la matemáticas. ¿No será entonces la hiperconsciencia el punto más próximo a la ausencia de consciencia? Lo que queda en medio es el campo de la vida. Y es que la matemática, por definición, excede lo orgánico, excede el límite de lo experimentable. El exceso de consciencia produce un deseo de no-consciencia. Hiperconsciencia y no-consciencia son inhumanas: crean un espacio en que la vida no es posible.

El nihilismo de Elster le lleva a denunciar que “todo gobierno es una empresa criminal” y al mismo tiempo a colaborar con su gobierno en el dibujo de un nuevo mapa que para ser realizado justifica la dominación y asume los “daños colaterales”. Pero la muerte real no es como la muerte imaginada ni como la muerte proyectada. La muerte que en el juego matemático es la condición de la infinitud, en el juego real de la vida descubre el choque de la finitud. En el traslado de escalas se produce un error en que se anuncia el caos. La muerte de Jessie abre el espacio de la complejidad. La realidad de los seres humanos se resiste a la realidad de la abstracción filosófica tanto como a la de la abstracción matemática. El agotamiento de la hiperconsciencia, el deseo de retorno a la materia queda silenciado por la muerte real, individual, por la imaginación de la sangre, del cuerpo perdiendo la calidez. Y la inteligencia radical queda desconcertada por un episodio provocado por la pasión o la brutalidad de un desconocido al margen de cualquier ficción construida.

El agotamiento de la hiperconsciencia se desvela entonces como un miedo a la complejidad, no a la complejidad de las matemáticas, sino a aquello que escapa a su lógica. La renuncia o el rechazo a tomar en consideración los modos múltiples de la realidad humana esconden la pereza a enfrentarse a un caos no tan formalizable como el que la matemática permite pensar. Elster proyecta su cansancio individual, físico y biográfico, sobre la humanidad. También proyecta sobre ella el agotamiento y el cansancio de un intelectual occidental blanco conservador. El éxito de su posición intelectual ya no sólo arrebataría vidas, riqueza y culturas a otros pueblos, sino también negaría millones de niños y jóvenes la posibilidad de albergar esperanza, sustrayéndoles el derecho (filosófico) a pensar alternativas de felicidad y de sentido. Elster formula sus demoledoras reflexiones con el mismo convencimiento con el que diseñó las ficciones que animaron la guerra, con un convencimiento que ofrece justificación al cinismo.

El personaje anónimo que busca su aniquilación en la instalación 24 hours Psycho es inofensivo (de hecho es posible que retorne de su abismamiento en la proyección y consiga una cita con la mujer desconocida). El que busca su aniquilamiento en la realidad histórica es altamente peligroso y en cualquier caso culpable. Ninguna instancia trascendente podrá juzgarle, pero es culpable de acuerdo a la moralidad de las gentes.

Filosóficamente la posición de Elster puede resultar irrebatible y ser entendida como la versión negativa del realismo especulativo, aunque en el caso de los filósofos reunidos bajo esta etiqueta no se trata de un agotamiento, sino más bien de la voluntad de un esfuerzo titánico por pensar un mundo sin pensamiento. Se trataría de, según sostiene Quentin Meillassoux, superar el círculo correlacionista y recuperar para el pensamiento racional la posibilidad de pensar lo absoluto, de modo que éste pueda ser pensado de modos diferentes a lo absoluto sagrado, monopolio por las religiones (aunque el absoluto filosófico no responda a la imagen de Dios, sino a la imagen imposible del Caos). La empresa de quienes apuestan por esta vía neo-realista está justificada en la necesidad de plantar cara desde el pensamiento racional al retorno de lo religioso en el espacio desocupado de lo absoluto. Sin embargo, la perspectiva que ofrecen puede resultar tan desoladora como la que resulta de las reflexiones del degradado Elster.

Don de Lillo realiza precisamente lo que su personaje niega: una nueva narración cuya impecable estructura y el implacable sucederse de las palabras que la componen sólo se sostienen gracias a la presencia de hombres que miran a otros hombres. En un universo radicalmente desencantado por la ciencia, la literatura ya no puede explotar nichos de fantasía o misterio: éstos han sido arrojados afuera. Sólo las religiones insisten en explotar ese espacio para la construcción de sus absolutos, desde los que ejercer su labor alquiladora de la subjetividad y de la libertad. La literatura se sitúa entonces muy cerca de la filosofía, en la tarea de construir ficciones no idealistas y no idealizantes, desde las que responder tanto a los sueños de extinción como a la sumisión a anacrónicas trascendencias. En la tensión entre la realidad matematizable y la ficción consciente reside la posibilidad de aceptar una complejidad en la que sólo es posible sobrevivir mediante un hábil manejo de las escalas. La mujer del narrador (del cineasta experimental), acierta a preguntar retóricamente a éste: “¿Por qué es tan difícil ser serio, por qué es tan fácil ser demasiado serio?” Un simple problema de escalas.

 

José A. Sánchez

Londres, enero 2011

 

Don de Lillo, Point Omega, Scribner, New York, 2010

Quentin Meillassoux, Après la finitude. Essai sur la nécessité de la contingence, Seuil, París, 2006.