Ensayos

sobre literatura, cine y artes escénicas

Teatralidad y disidencia (2015)

 Texto publicado en el libro No hay más poesía que la acción. Teatralidades expandidas y repertorios disidentes (México, 2015)

  

Nos gustaría vivir en una sociedad democrática, donde cada cual dice lo que piensa, hace lo que puede y expresa lo que siente. Sabemos que no vivimos en una sociedad de ese tipo, y, además de intentar decir, hacer y expresar, debemos manifestamos contra quienes mienten, especulan y manipulan. Pero la mentira, la especulación y la manipulación no están en un  afuera localizable, nos atraviesan. Por lo que la lucha política va necesariamente acompañada de un reto ético de transformación.

El problema de la teatralidad en la sociedad contemporánea se plantea en un campo formado por estos cuatro polos de tensión: espontaneidad (sinceridad, honestidad, transparencia), interés (mentira, especulación, manipulación), política (acción colectiva por el bien común y contra el interés particular), ética (decisión individual en libertad, pero condicionada por la presencia de los otros). Sería un error concebir que el punto de encuentro de estos cuatro polos se da en el establecimiento de una moral positiva que premiaría la espontaneidad y prohibiría el interés. Plantear la resolución de estas tensiones en términos morales conllevaría una anulación de la acción política, pero también de la misma ética, pues descargaría toda decisión individual en una moral establecida.

¿Dónde se sitúa la teatralidad en este esquema? De acuerdo a la concepción más peyorativa del término “teatral”, la teatralidad sería un modo de esconder la mentira, la especulación y la manipulación bajo las máscaras de la honorabilidad. La teatralidad del poder cumple una doble función: representar la fundación del poder en una ficción trascendente y ocultar bajo tal representación el interés no confesado. Pero esa teatralidad es muy fácilmente contestable mediante una teatralidad alternativa (o disidente), que, por una parte, mostraría como apariencia y no como trascendencia la fundamentación del poder y que, por otra, denunciaría la hipocresía moral de sus agentes. Ambos modos de teatralidad se desarrollaron en el ámbito artístico en la época ilustrada, como respuesta a una máxima teatralización de la vida social. La denuncia del teatro de las apariencias dio lugar a obras clásicas de la escena, de Beaumarchais a Genet. En tanto la concepción del teatro como institución moral atraviesa la historia de la modernidad de Diderot a Brecht.

La conversión de la acción política en acción moral implicaría pensar que bastaría la prohibición de los comportamientos considerados amorales para conseguir el objetivo deseado: la sociedad democrática. Pero la acción política sólo puede afectar los comportamientos mediante el establecimiento de límites. Por “acción política” se entiende “acción macropolítica”, aquella dirigida a la transformación de las leyes y los mecanismos de regulación social. La acción que sí puede operar transformaciones en los comportamientos de un modo diverso al establecimiento de límites es la micropolítica, de la que sí podría desprenderse una ética. La acción micropolítica es imprescindible para aproximar la realización de una sociedad democrática. Sin embargo, por sí misma, es inerme frente al despliegue sistémico del interés.

La moral es la máscara de una política que falsamente esgrime principios éticos. Las morales positivas, tradicionalmente vinculadas a creencias religiosas, han servido tantas veces de pantalla protectora a la injusticia, que dudosamente pueden ser consideradas buenas aliadas. ¿La prohibición de la mentira, la especulación y la manipulación acabaría con la injusticia, con la desposesión y con la explotación? Solamente si afectara no ya al comportamiento de los individuos, sino al sistema mismo, es decir a las leyes y procedimientos regulativos. De nada sirve que todos los participantes en un juicio digan la verdad si la ley es injusta. De nada sirve que los gestores, los trabajadores y los clientes de una empresa abandonen el propósito especulativo si la empresa misma se sostiene sobre la especulación. Y de nada sirve que los agentes del poder renuncien a manipular si solo ellos tienen acceso a los medios de comunicación.

Sin negar la potencia de una transformación de los comportamientos, ésta por sí sola no basta para cumplir el objetivo de la acción política, que es el reparto equitativo de derechos y bienes. Por otra parte, lo que se denuncia no es la mentira en sí misma, el comportamiento de quien miente, sino la intención y los efectos de esa mentira. Lo condenable no es la actuación moral de quienes participan en la mentira, sino sus efectos sobre el sistema político: el fraude de representación, la pérdida de legitimidad, la desconfianza en el sistema. Lo mismo cabría decir respecto a la especulación y la manipulación. El problema no es la especulación en cuanto acto moral condenable, sino el crecimiento desproporcionado de las desigualdades, la desposesión general que genera la actividad especulativa de unos cuantos, la concentración de la riqueza. Respecto a la manipulación, lo que se condena es la colonización de las subjetividades guiada por intereses particulares, que tiene como resultado la modelización industrial de la subjetividad como medio de impedir el devenir de la masa en multitud

Nos gustaría vivir en una sociedad democrática, donde cada cual dice lo que piensa, hace lo que puede y expresa lo que siente. Y aparentemente esto es posible en términos morales: vivimos en una sociedad muy tolerante respecto a los comportamientos individuales, siempre que estos no afecten al reparto de la propiedad. La libertad moral no sólo no es incompatible con el régimen político neoliberal, sino que constituye su base micropolítica. Pero no es la libertad moral lo que garantiza lo que hemos denominado “espontaneidad”, sino paradójicamente la responsabilidad ética. Y es en el ejercicio de la responsabilidad ética cuando el deseo choca contra la represión, cuando la voluntad de sinceridad, honestidad y transparencia se enfrentan a la represión no moral, sino política, pues el problema no reside en los comportamientos, sino en la orientación y en los efectos de esos comportamientos.

¿El resurgir de la teatralidad en la protesta es consecuencia del fortalecimiento de la represión? Tal vez los oligarcas han advertido que sólo a ellos les es dado “hacer cosas con palabras”, pues solo ellos tienen los recursos para que lo que dicen se convierta en realidad y se imponga de manera efectiva al resto. Para quienes se manifiestan en las calles de nada sirve formular individualmente enunciados realizativos (performativos), la única vía para construir realidad pasa por una organización colectiva de la enunciación, en la que se hace efectiva la teatralidad. Esta no es exclusivamente una teatralidad de la representación, es en primer lugar una teatralidad de los cuerpos, afectados por la rabia, la indignación, el deseo de dignidad y la ilusión de una sociedad igualitaria.

En un tiempo en que la pirámide jerárquica se vuelve a dibujar con nitidez, aunque sea en la forma de una imagen multiplicada globalmente, ¿es posible recuperar la metáfora teatral como instrumento de análisis? ¿Qué modos de teatralidad serán útiles para comprender y someter a crítica los modos de escenificación del poder y de relaciones humanas en las sociedades contemporáneas? ¿Y cuáles serán compatibles con una acción disidente?

En contraste con el modelo de teatralidad social basada en el teatro dramático, en el que cada cual desempeña su papel, existen otros muchos modelos en los que la relación jerárquica imperante en el paradigma dramático o textual no es tan evidente. Existen modelos de teatro basados en la participación igualitaria de los actores en la producción de un acontecimiento escénico, donde la representación sólo puede ser entendida como realización de un acontecimiento ficcional que suspende los intereses y las pasiones de la realidad cotidiana, pero no como la realización de una ficción previamente fijada en un texto. Y existen también modelos de teatro en los que esa participación se extiende hasta el extremo de prescindir de espectadores para dar lugar a eventos muy próximos a los rituales pre-teatrales, de los que sólo se diferenciarían por la cancelación de la dimensión trascendente.

La denuncia de la teatralidad hegemónica se produciría, pues, no como negación de la teatralidad, sino como producción de una teatralidad artística que invierte o subvierte las pretensiones de representación. Pero también se produce en forma de una teatralidad social que utiliza la representación de modo diverso.

[Fragmento inicial del texto]

Índice:

1. Teatralidad, poder y espacio público

2. Teatralidades disidentes: los discursos del disfraz y el anonimato

3. Escenas domésticas, escenas laborales.

4. Niños, locos, extranjeros, tontos

5. Teatralidad y transparencia

6. Teatralidad de los afectos