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Viaje a Sonora

 27/02/2015

Hace unas semanas recibí la invitación de una profesora amiga para participar en un congreso sobre investigación artística en Hermosillo, Sonora. Lo precipitado de la organización impidió la duda y a los pocos días del primer correo ya estaba en un avión rumbo a México. No conocía el Norte. Pero la lectura de las páginas finales de Los detectives salvajes y los sobrecogedores relatos que compone “La parte de los crímenes” en 2666 habían dejado una impresión tan profunda en mi cuerpo que volar a Sonora era como un retorno al desierto vivido en la voz de quien imaginó las vidas y los cuerpos de muchos otros.

Lo primero fue la noche cálida, las amplias avenidas vacías, el olor del azahar que salpicaba ya los naranjos, la amabilidad de los sonorenses, el silencio profundo que llegaba paradójicamente como un eco hasta la moderna instalación hotelera. Después fue la Bahía de Kino, la visita al museo de los Comcaac, a quienes se sigue llamado seris, la carne apretada de los mariscos servidos en su propia concha con verdurita y chile, el desierto, el bosque de saguaros insólitamente enternecido por las recientes lluvias.

Hay algo casi animal en los saguaros, que pueden elevarse hasta quintuplicar la altura humana y ramificarse en majestuosos candelabros. Son el testimonio de una fuerza que celebra la vida en las condiciones más adversas. De ahí su animalidad, que es un modo de hablar de obcecación tanto como de inteligencia.

Desierto de Sonora. Bosque de Saguaros